El Cristo del Padre Enoch

 El Cristo del Padre Enoch

La mañana en que apareció el Diosero un viento áspero y neblinoso azotaba las calles del pueblo. Comenzó durante la madrugada y se estuvo así hasta las diez de la mañana, justo la hora en la que llegó el Diosero; como si el extraño aquel hubiera salido de las entrañas del propio viento. 

Simplemente estaba ahí, cuando la densa bruma en el aire se difuminó ya estaba instalada la tienda ambulante del Diosero, la cual estaba formada principalmente por una vieja carroza y sucias telas extendidas a manera de carpa. El aspecto del hombre recordaba a los ermitaños de las montañas del sur, o a los viejos monjes jesuitas, era inconcebiblemente anciano, vestía una larga túnica y tenía largas barbas, tan blancas que la mirada se perdía en ellas, pero su piel era lo más extraño pues esta estaba cubierta de llagas y costras aún sangrantes, como si hubiese sido víctima de un brutal incendio. Así era aquel hombre. 

El nombre real del extraño nadie nunca lo supo y nadie nunca lo sabrá; le decíamos Diosero solo por que es así como nosotros, aquí en el pueblo, les llamamos vulgarmente a los vendedores de iconos religiosos. Entonces la única certeza que teníamos de él es que era un vendedor de figuras católicas, y es que a pesar de su inquietante aspecto, lo que más llamaba la atención de el Diosero, sin duda alguna eran sus extraordinarias figuras santas. 

Los ropajes que formaban las vestimentas de los santos, apóstoles y vírgenes eran de finas telas, y en ellas había distintas formas y mosaicos, tan raras y evocadoras para la memoria; pero lo que realmente destacaba de estas piezas era el realismo extremo que tenían. Cada línea de la piel, cada textura, cada cabello y cada vena que asomaba, hacían que se sintieran reales. Todo esto causó gran furor en la comunidad. 

Al poco tiempo todos se amotinaban alrededor de la tienda del Diosero, juntaban todos sus pocos pesos que poseían y compraban en su mayoría solo figurines, pues era para lo único que nos alcanzaba al ser tan pobres. Fue entonces que llegó el hombre más rico del lugar : el padre Enoch, el encargado de la parroquia principal del pueblo. 

En un principio el padre se mostró reacio ante la presencia del Diosero; al mirar el aspecto de aquel hombre extraño e inquietante, y más aún al mirar lo que este vendía no tardó en condenarlo al infierno por ser un blasfemo mercader de lo sagrado, y nos alentaba a todos a rechazarle recordándonos ese pasaje en la biblia, donde Jesucristo condenaba tajantemente a los mercaderes en las afueras de la iglesia. Pero su descontento se vio frenado súbitamente cuando con sorpresa, encontró al Cristo crucificado que el Diosero guardaba celosamente en el fondo de su carroza. Escondido tiernamente entre mantos de terciopelo verde, como un tímido niño de la realeza se encontraba aquella maravillosa figura del hijo de Dios. Aquel Cristo en la cruz era la figura más grande y costosa en cuanto era la colección del Diosero; el realismo en esa pieza era distinto, se sentía más que realista y al contemplarla, además de fascinación uno podía sentir una serie de cosas negativas.

Cuando yo mire al Cristo lo que pude sentir fue una profunda tristeza, dijo doña Esperanza Hernández que lo que ella sintió al verle fue desesperación, mi amigo Heladio Paredes me contó que él sintió arrepentimiento, y así cada quien que le miraba sentía algo distinto a lo que los otros, pero siempre eran emociones negativas. Sabrá Dios que fue lo que sintió el padre Enoch al mirar a ese Cristo misterioso. 

Cuando todos en el pueblo teníamos ya al menos una figura y cuando el padre obtuvo felizmente su Cristo, un viento arrasador invadió las calles, y así justo como había llegado, fue que se marchó el Diosero: Escondido entre los ropajes del aire.

Pasaron semanas; sobre el Diosero nadie hablaba, los figurines de los Santos descansaban cómodamente en los altares de nuestros hogares y ese Cristo fue colocado en el centro del altar de la parroquia. Del extraño no se hablaba porque por algún motivo se había convertido en un tema incómodo para todos y ahora recordábamos el suceso con la poca claridad y con la gran confusión propia de los sueños, los pequeños santos aunque cómodos vivían ignorados por sus dueños, y cada domingo de santa misa podíamos sentir la profunda mirada del Cristo en la cruz, juzgándonos, observando nuestros pecados a través de nuestros ojos cansados. 

Fue en el transcurso de estas semanas borrosas para la memoria que el padre Enoch se comenzó a comportar de manera extraña con su Cristo. Lo primero fue una obsesión paulatina por mantener la santa figura limpia, no dejaba que nadie, ni siquiera los monaguillos lo limpiaran, la única persona que podía limpiar, mover o incluso tocarlo era él; luego nos enteramos que todo el dinero de los diezmos era destinado única y exclusivamente para el mantenimiento del Cristo, después comenzó a dedicarle misas enteras a su honor, y al final había llegado hasta tal punto donde ya ni siquiera comía ni bebía, según él a petición de su adorado Cristo crucificado. 

Llegado a esos niveles de delirio fue que todos comenzamos a planear alguna manera de ayudarle. Nos pasó por la mente deshacernos de la figura, pero pronto desechamos la idea al ser involuntariamente blasfema, así que queríamos llevarle al hospital sanatorio San Isidro que está en la ciudad más cercana a nosotros a unos cincuenta minutos; don Pablo Gonzales era quien nos haría el favor de llevarnos al padre y a unos cuantos de nosotros hasta la ciudad en su camioneta roja, y el dinero de la cooperación que hicimos todos ya casi cubría los gastos cotizados… y sin embargo no nos dio tiempo para nada más. 

No sabría explicar claramente lo que pasó esa noche maldita. Me parece que fue desde la tarde que nadie veía al padre Enoch por ninguna parte; ya había una persona encargada de vigilarle, pero casualmente esa tarde cayó - según ella -en un sueño profundo y no supo nada más. Por la condición mental que había alcanzado el padre todos nos alarmamos y comenzamos a organizarnos para buscarle.

Cómo es obvio, el primer lugar donde lo buscamos fue en la parroquia, y fue ahí donde nos dimos cuanta que no solamente el padre estaba desaparecido, sino que también no estaba el Cristo por ninguna parte. Rápidamente llegamos a la conclusión de que el padre había enloquecido por completo, y que en su arranque había conseguido escapar junto con la pesada figura. Más alarmados por esa conjetura le buscamos en todos los rincones del pueblo: buscamos en los altos cerros que nos rodean, buscamos en las aguas del río, en las profundidades de nuestras barrancas, en la espesura de los maizales e incluso en las largas carreteras que llevan a la ciudad, pero sin ningún resultado, como si se hubieran esfumado.

Fue Simón González el primero en mirar aquel horror…

De madrugada, cuando todos regresábamos a nuestras casas con los ánimos por los suelos por nuestra fallida búsqueda, Simón observó algo raro en el atrio de la parroquia. Colocado justo en el centro del lugar se miraba al Cristo crucificado, y cuando Simón se acercó para mirar con más atención a la figura ensangrentada, descubrió que lo que miraba en la cruz era al padre Enoch.


                   

                    Diego M. Payán 

                   

Comentarios

Publicar un comentario