El Cristo del Padre Enoch
El Cristo del Padre Enoch La mañana en que apareció el Diosero un viento áspero y neblinoso azotaba las calles del pueblo. Comenzó durante la madrugada y se estuvo así hasta las diez de la mañana, justo la hora en la que llegó el Diosero; como si el extraño aquel hubiera salido de las entrañas del propio viento. Simplemente estaba ahí, cuando la densa bruma en el aire se difuminó ya estaba instalada la tienda ambulante del Diosero, la cual estaba formada principalmente por una vieja carroza y sucias telas extendidas a manera de carpa. El aspecto del hombre recordaba a los ermitaños de las montañas del sur, o a los viejos monjes jesuitas, era inconcebiblemente anciano, vestía una larga túnica y tenía largas barbas, tan blancas que la mirada se perdía en ellas, pero su piel era lo más extraño pues esta estaba cubierta de llagas y costras aún sangrantes, como si hubiese sido víctima de un brutal incendio. Así era aquel hombre. El nombre real del extraño nadie nunca lo sup...